Nueva Delhi

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De nuevo en India. Son las 11 de la noche. Con la tristeza de las despedidas, los ojos pesados de tanto llorar y unas horas de sueño de más, paso la inmigración India y recojo mi maleta. A la salida un joven con mi nombre en un cartel que toma mi maleta me dirije hacia. Mel parquedero. Después de 30 minutos llego a mi hostal. El joven me pide propina insistentemente, pero cuando voy a dársela, se va. Las cosas extrañas de la India.

Una cama grande en un cuarto pequeño pero limpio. Sábanas blancas, que en India representan para quienes hemos paseado por aquí, que en el hotel por lo menos le invierten a la lavandería. Es una buena señal. Caigo rendida hasta el día siguiente.

En la mañana camino pocas cuadras hacia  la estación del tren. En la calle duermen personas y algunos empiezan a despertar. Con el miedo que se siente caminar sola por cualquier calle de la India en donde solo hay hombres, acelero el paso y entre las basuras vitalicias de la calle me doy paso para llegar a mi destino.

Varios hombres intentaron llevarme, algunos con bastante insistencia, hacia sus agencias de turismo. Yo solo intentaba mantener la calma y no dejarme atemorizar ni manipular por los indios que se me acercaban  sin respetar mi espacio físico.

Después de recibir varias indicaciones erradas y hacer varias filas y salir de ellas sin ningún billete de tren en la mano finalmente llegue a la oficina de foráneos. Yo solo necesitaba comprar un tiquete de tren para ir a Rishikesh y ya habían pasado 3 horas, la temperatura había subido 3 grados y a esta hora ya eran 30 grados centígrados los que mi cuerpo derretido soportaba.

Vuelvo a mi cuarto de hotel con aire acondicionado pero con el tiquete comprado. No es posible hacer muchas más cosas con este calor.

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