La gran Bangkok

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De nuevo en la gran ciudad. Luego de una larga noche en la cama de un tren, he llegado a Bangkok.

Son las 7 de la mañana y mientras suena el himno nacional, todo queda estático, inmóvil, pausado y los thailandeses se ponen de pie, respetuosos ante la imagen del Rey. Mientras yo observo asombrada el espectáculo inerte, alguien toca mi hombro. Ahí está de nuevo esa sonrisa. Un abrazo, de esos que me hacen tanta falta, de esos que incluyen una inhalación cerquitica al cuello, un abrazo de esos difíciles de olvidar. Mi corazón palpita, las palabras sobran y con los ojos todo queda dicho.

Un hotel con un cuarto hermosísimo de piso de madera y baño de 1920 y una cama con un velo blanco. A pocas cuadras templos iluminados en las noches y el restaurante con el mejor PadThai de la ciudad.

Bangkok tiene ese misterio que esconden las grandes ciudades y que me atrae tanto. El tren, los taxis acuáticos que van por los canales, como en Venecia, los edificios modernos, las miles de personas, la pobreza, la urbe, los grafities, la multitud, los turistas, los vendedores, el tráfico y la necesidad de mirar un mapa una y otra vez para no perderse.

Enigmático y lleno de templos de colores y flores, de Budhas en todos sus aspectos, iluminado, enseñando el dharma, meditando, reclinado. La sede de la familia real, la belleza, el orden y el desorden. La concentración del sudeste asiático en una sola ciudad.  Un pueblo antiguo con dragones y serpientes, con ríos y templos.

Bangkok, hermosa Bangkok, de caos y de amor, de bienvenidas y despedidas, de compañía y de soledad, de ilusión y de sueños, de promesas y añoranzas.

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