Kathmandu

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Antes de llegar unas horas de espera en el aeropuerto de Delhi me recuerdan lo que es India. Difícilmente pude conectarme a internet y pasar a la sala antes de abordar hacia Nepal.

Al llegar a Kathmandú tramité mi visa por 30 días. Tiempo suficiente para conocer el país y para llevar a cabo los planes que tengo en mente. Tomo un taxi y me dirijo al hostal reservado con anterioridad. Se me parece todo a la India, pero también a Perú y según dicen los viajeros del mundo, muchísimo a Bolivia.

En Kathmandú no llueve. Las calles están llenas de polvo y los comerciantes se ven obligados a regar agua frente a sus negocios para que la mercancía no se les dañe. En esta época las mañanas y las noches son frescas y los medios días cálidos.

Thamel, el distrito turístico de la ciudad, es caótico y se ven más extranjeros que nepalies. En todas las tiendas se venden hermosisimas pashminas, pañoletas de seda y abrigos en cashimire. El arte es lleno de detalle y de color. Esta parte de la ciudad ofrece todo tipo de variedad en ropa para trekking y tours a los himalayas.

Kathmandú parece un sueño en la niebla. Montañas y pájaros que vuelan alto. Plazas llenas de templos y una mezcla perfecta entre el budismo y el hinduismo. Campanas e incienso y “tuc tucs” con arreglitos de flores conducidos por un hombre que pedalea sin cesar por las poco uniformes calles de esta hermosa y al mismo tiempo caótica ciudad.

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